Evidencias de la evolución: Registro fósil

Conoce una de las pruebas más contundentes respecto al cambio que han sufrido los organismos en el tiempo: la existencia y estudio de los fósiles.


Uno de los motivos con los cuáles se intentó refutar la evolución de las especies por Selección Natural fue la falta de pruebas y evidencia que avalaran sus dichos. Al ser un conocimiento emergente, los detractores se apresuraron a atacar los dichos de Darwin, pero este no se dejó amedrentar y recurrió a sus estudios y observaciones realizadas en anatomía comparada y embriología, los cuáles permitieron darle tregua. Hoy ambos son considerados pruebas consistentes a favor de las teorías evolutivas, pero sin dudas, la gran evidencia surge a la luz del hallazgo de restos de organismos animales y vegetales que habitaron nuestro planeta hace millones de años y cuyos vestigios han perdurado hasta nuestros días: los fósiles. Los fósiles corresponden a formaciones minerales formadas por la acumulación de sedimentos en el tiempo, los que han permitido la conservación de restos íntegros, partes o moldes (huellas) de seres que hoy están extintos. La paleontología es la ciencia que se encarga de estudiar los fósiles, y la comparación de estos con estructuras anatómicas modernas permite estudiar el paso del tiempo y la transformación evolutiva de los modelos ancestrales a partir de los cuales han surgido los modelos actuales.

Formación de los fósiles

La formación de un fósil dependerá fundamentalmente del tipo de tejido que formaba al organismo que muere y es conservado hasta nuestros días. Mientras más rico en minerales sea la estructura del organismo que se conservará, más fácil y completa será su fosilización. La musculatura, tejidos blandos, hojas y tallos son estructuras muy difíciles de fosilizar, ya que son atacadas por bacterias descomponedoras apenas muere el organismo, pero estructuras como cornamentas, huesos, uñas, exoesqueletos de insectos, algunas semillas, fecas, resinas vegetales, entre otras, dados sus contenidos minerales, son de fácil fosilización y conservación hasta nuestros días. En general, el proceso de formación de un fósil consta de los siguientes pasos:

  • Muerte de un organismo: si es un organismo marino este decanta hacia el lecho marino o del cuerpo de agua que habite, donde las partes blandas de su estructura son rápidamente descompuestas. Lo mismo ocurre con los organismos terrestres, quedando en la superficie del suelo solamente las partes duras (huesos, caparazones, exoesqueletos).
  • Sedimentación del organismo: en los lechos de los cuerpos de agua (mar, lagos, ríos), los sedimentos disueltos en ellos normalmente precipitan (se van al fondo), por lo que los restos del organismo comienzan a ser sepultados por estas sustancias, hasta taparlos. Lo mismo ocurre en el suelo de medios terrestres, donde el viento, lluvias y la acumulación de polvo van sepultando los restos del organismo.
  • Mineralización del organismo: una vez se han sepultado bajo varias capas de sedimento, los minerales presentes en estos comienzan a reaccionar con los minerales contenidos en los restos orgánicos de los organismos muertos, pasando a formar parte de la estructura y restos de ellos. Por lo general los compuestos orgánicos de los restos animales y vegetales son reemplazados completamente por los minerales procedentes de los sedimentos que los han sepultado.
  • Impresión del fósil: el reemplazo de los constituyentes del organismo por los minerales presentes en los sedimentos deduce que, el fósil no está constituido por el organismo como tal, sino que por un molde o impresión de este formado por los sedimentos. Es este molde (en el caso de huellas, fecas, huesos, cornamentas y/o cubiertas corporales) el que llega a nuestras manos al ser descubiertos, salvo excepciones muy específicas (como el caso de la resina vegetal fósil llamada ámbar, que puede contener en su interior a organismos completos inclusive con sus partes blandas).
  • Resurgimiento del fósil: la actividad geológica, terremotos, erosión, erupciones volcánicas, o los mismos trabajos realizados por seres humanos tales como excavaciones, permiten el “ascenso” de estos restos litificados (hechos piedra) hasta la superficie, donde los paleontólogos los recuperan e identifican.