Selección sexual

Comprende el funcionamiento del apareamiento y crianza en la naturaleza, según lo planteado por Darwin en la selección natural.


Cuando Darwin realizó sus observaciones a bordo del Beagle, notó la existencia de caracteres que conferían a las especies éxito reproductivo, es decir, la capacidad máxima de explotación de su entorno, adaptación y sobrevivencia. Sin embargo, observó caracteres extremos que, a primera impresión, no justificarían su existencia desde un punto de vista evolutivo, debido a lo ostentosos que son; si se piensa en el penacho de plumas de un pavo real macho o en la gran cornamenta de un alce macho, ambos caracteres requieren de un gasto energético enorme a estos animales para su mantención. Los grandes penachos de estas aves muchas veces provocan que sean presa fácil para sus depredadores, incluyendo al humano que los caza para usar sus plumas en adornos o los mismos alces mueren enredados entre ellos o en ramas producto de las intrincadas figuras que desarrollan en su cornamenta. ¿Cuál es el éxito entonces en este tipo de caracteres? Darwin asoció la existencia de caracteres de este tipo a un tipo especial de selección natural relacionado a la competencia por reproducirse entre machos y a la selección de ganadores de esta competencia por parte de las hembras, a la cual llamó selección sexual.

Los caracteres descritos anteriormente pareciera que fuesen un derroche energético de la naturaleza (y por ende una brecha en la teoría de la selección natural), lo que no es así, ya que si bien estos caracteres ponen en peligro la vida de sus dueños, les confieren a estos la capacidad de perpetuar sus genes por sobre otros que no los poseen. Grandes cornamentas, coloridos plumajes, melenas abundantes, entre otros, son señales indirectas de “buenos genes”, los cuales serían escogidos indirectamente por las hembras a través de estos indicadores de buena salud.

Selección intrasexual

En general, Darwin estableció que en la naturaleza los machos debían competir entre ellos por aparearse con una o varias hembras, lo que se conoce como selección intrasexual. Todos los esfuerzos energéticos del macho es establecen para sustentar ésta competencia, que puede ser directa, a través de la lucha corporal, o indirecta, por medio de sofisticados rituales de cortejo y apareamiento. La competencia es una relación ecológica perjudicial desde el punto de vista energético, ya que implica grandes esfuerzos a los contendores, los cuales eventualmente podrían inclusive morir. Las hembras por su parte, son las encargadas de seleccionar a aquellos machos con los que se reproducirán, por medio de quienes hagan su mejor esfuerzo competitivo, lo cual sería (y se ha comprobado en muchos casos) un indicador de una genética robusta.

Las hembras no gastan energía en el proceso de elección de pareja, sin embargo son ellas las que invierten casi todo el esfuerzo energético durante la gestación, parto, lactancia y crianza de las crías, donde los machos generalmente se desentienden. A este equilibrio de roles energéticos durante la reproducción de las especies se le denomina compromiso evolutivo, donde los machos invierten sus energías antes de la reproducción, y las hembras, después de ésta.

Otros requisitos poblacionales que se pueden apreciar en algunas especies no se correlacionan directamente con los esfuerzos energéticos de la reproducción, pero sí con la selección sexual; por ejemplo, ciertas especies requieren de un número mínimo de machos y hembras para reproducirse, el cual es denominado unidad reproductiva, si no existe la cantidad mínima de unidades reproductivas, la población no aumenta su número de individuos y eventualmente podría extinguirse, a pesar de que existan machos y hembras fértiles capaces de reproducirse entre sí. Este fenómeno podría explicar el riesgo de extinción de organismos cuyo número en vida silvestre es muy bajo, como el de los osos panda. Otras especies requieren para su reproducción de que el entorno donde se encuentran les permita llevar a cabo sus ritos de apareamiento, ya sea en cuanto a áreas de cópula, alimentación, nidificación, construcción de refugios, etcétera, los que, si no se cumplen, presionan negativamente a las poblaciones, descartando aquellos organismos que no son capaces de adaptarse a las nuevas presiones selectivas.