Chile y la Segunda Guerra Mundial

Durante los gobiernos radicales el contexto internacional estuvo determinado por la Segunda Guerra Mundial, un conflicto bélico que sacudió a las principales potencias del mundo y que dejaría enormes consecuencias en lo político y en lo económico.


Nuestro país, a pesar de girar en la órbita de influencia norteamericana más directa, mantuvo una posición de neutralidad a lo largo de casi todo el desarrollo de este enfrentamiento. No obstante, cuando la derrota del Eje estaba casi consumada, debido a presiones internacionales Chile se hizo parte de los Aliados y terminó declarándole la guerra a Alemania, Italia y Japón; eso sí, es preciso señalar, que Chile sólo participó de forma diplomática en la guerra pues no envió tropas a los campos de batalla. Paradójicamente, nuestro país al hacerse parte beligerante por la causa aliada, formó parte de los países que en el año 1945 dieron vida a la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Una vez concluida la Segunda Guerra Mundial, el panorama político internacional se vio marcado por el inicio de un nuevo conflicto que enfrentó a las dos superpotencias resultantes: Estados Unidos y la Unión Soviética. La principal característica de la Guerra Fría fue el enfrentamiento ideológico entre los partidarios del sistema capitalista, como Estados Unidos y sus aliados, y entre los países del mundo que consideraban que la solución de los problemas económicos y sociales del mundo pasaba por adoptar al socialismo como sistema económico, los cuales eran encabezados por la Unión Soviética.

A pesar de ser un conflicto a nivel global, la Guerra Fría tiene como peculiaridad el hecho de que no existió un enfrentamiento bélico directo entre las dos superpotencias, aunque existieron una serie de pugnas regionales en las cuales Estados Unidos y la Unión Soviética participaron apoyando a los bandos más afines a sus posturas ideológicas (la guerra de Corea, la guerra de Indochina, la guerra de Vietnam).

El efecto más visible de la Guerra Fría fue la división de los estados del mundo en dos bandos contrarios, situación que obligó a Chile a optar por una posición ideológica, la que se adscribió prontamente a los intereses de los Estados Unidos y el resto del mundo capitalista por dos concluyentes razones: la dependencia de nuestra economía del mercado mundial y el comercio de materias primas, a lo que se sumó la lógica influencia diplomática y financiera del capital estadounidense en Latinoamérica. Lo paradójico del asunto es que la coalición que gobernaba Chile, el Frente Popular, estaba integrada por el Partido Comunista, un referente político que en los países capitalistas había sufrido un agobiante acoso porque la derecha sospechaba que colaboraba con el régimen soviético.

El nuevo contexto internacional y el progresivo descenso en las urnas del Partido Radical, más el crecimiento electoral de socialistas y comunistas, pusieron en jaque la existencia del Frente Popular chileno. El quiebre de la coalición de gobierno vino a ser refrendado por la promulgación, en el año 1948, de la Ley de Defensa Permanente de la Democracia durante la administración de González Videla; esta iniciativa legal fue originada para contener la crisis social que amenazaba la permanencia del régimen radical, debido a la creciente inflación que reducía el poder adquisitivo de los chilenos.

No obstante, en la práctica, la Ley de Defensa Permanente de la Democracia significó la clandestinidad del Partido Comunista y la persecución de sus dirigentes y partidarios; en este contexto, gran cantidad de personeros comunistas fueron relegados y encarcelados en la nortina localidad de Pisagua, y otros militantes debieron salir al exilio como ocurrió en el caso de Pablo Neruda.