Guerra del Pacífico

Con el fin de la guerra del pacífico, Chile se convierte en una potencia en Sudamérica, enriquecida por la posesión de nuevos territorios ricos en salitre y minerales. Ha ampliado su hegemonía sobre las antiguas provincias peruanas de Tacna y Arica y …


Chile después de la guerra del Pacífico

“Con el fin de la guerra del pacífico, Chile se convierte en una potencia en Sudamérica, enriquecida por la posesión de nuevos territorios ricos en salitre y minerales. Ha ampliado su hegemonía sobre las antiguas provincias peruanas de Tacna y Arica y sobre la costa del litoral de Antofagasta, cedido a perpetuidad según el tratado que ratificará en 1904″.
La nueva situación económica se refleja en datos tan simples como el de que en los años 70 Chile recaudaba por concepto de ingresos aduaneros de la venta de salitre unos 7 a 8 millones de pesos.

En 1881, esta cifra llega a los 22 millones de pesos y en 1892, los ingresos aduaneros alcanzaran los 45 millones de pesos.
Las salitreras habían cambiado de propiedad en confusas circunstancias que recién comenzaban a entenderse. Al ser expropiadas por las autoridades peruanas, éstas emitieron bonos para cancelar la deuda a sus anteriores propietarios.

Cuando las salitreras pasaron a manos Chilenas, este país respetó con los contratos de pago, pero muchos propietarios peruanos entregaron los bonos y la propiedad de sus salitreras a especuladores ingleses a un bajísimo precio.

Uno de estos inversores es el coronel Jhon Thomas North, quien pasará a la historia con el título de “rey del salitre”.

José Manuel Balmaceda (1886-1891)

Vientos de discordia arrecian sobre la vida política chilena. En enero de ese mismo año 1886, la oposición, minoritaria al entonces presidente Santa María, le había rechazado la aprobación de la Ley de Contribuciones y Presupuesto. Sólo el poder de la mayoría gobiernista, que obliga al presidente de la Cámara a clausurar el debate, permite el despacho de la ley.
El nuevo presidente es un orador de primera línea, ardoroso defensor de la “libertad en sus múltiples manifestaciones”. Escritor y periodista prolífico, posee una larga experiencia en Ministerios y en el Congreso.

Y a los 46 años de edad llega al puesto que le conducirá a la muerte. A los dos años de gobierno inicia su vasto plan de desarrollo nacional. El crédito chileno se prestigia en Europa, llevando incluso excedentes a las arcas fiscales. Enriquecido con el guano y el salitre, el país invierte en obras públicas, educación y ferrocarriles.
Pero no todo es alegría.

Balmaceda observa con recelo el traspaso de las riquezas adquiridas con la sangre de los combatientes a las manos de especuladores manejados por el capital británico. En Iquique, en un ardiente discurso, profetiza que el monopolio dominado por extranjeros puede convertirse en tiranía económica. Tampoco quiere concentrarlo en el Estado, porque éste debe garantizar la propiedad y la libertad. Escuelas, cárceles, hospitales, iglesias, edificios civiles, mayor extensión del ferrocarril, llevan a la oposición a considerar que Balmaceda está dilapidando la riqueza del Estado.

Para desarrollar su amplio plan económico y social, Balmaceda pretende generar una mayor base de sustentación política
Balmaceda, el liberal rebelde, crítico y revolucionario de los años anteriores, ahora se suma a la estrategia política de Santa María. Su propósito es unir por todos los medios a los distintos grupos liberales. Necesita un partido de gobierno al estilo europeo, con soldados de la causa liberal y sin caudillismos.

Integra a los liberales de gobierno con los liberales sueltos o independientes y a algunos sectores del Partido Nacional. Pero el reparto de cargos en las distintas dependencias lleva a la crisis la unidad lograda. Los liberales sueltos se consideran pasados a llevar por los nacionales y abandonan el Gobierno.

Balmaceda no se da por vencido y logra una nueva alianza, un verdadero ministerio parlamentario con representantes de los liberales sueltos, nacionales, liberales nacionalizados y radicales.
Esta alianza, o cuadrilátero como la llama burlonamente el propio Balmaceda, lleva al Poder Ejecutivo a perder por vez primera el control del Congreso. Como nunca antes en la larga historia republicana del país, los parlamentarios de oposición miraban de igual a igual al Ejecutivo.

Era parte del también desarrollo político chileno, en el que la defensa del sistema presidencialista se convertía en un freno a la evolución parlamentarista, concepto que crecía con fuerza en el país.

El propio José Francisco Vergara, gravemente enfermo del corazón y recluido en sus parques de Viña del Mar, le aconseja salirse de la dirección política de los partidos oficialistas. Vergara está consciente de que nada detiene el proceso.

En 1890, la situación es dramáticamente compleja. Un nuevo ministerio encabezado por Salvador Sanfuentes es censurado por la Cámara. Y en octubre se clausura el período extraordinario de sesiones sin que se hayan aprobado las leyes de Presupuesto y de Fuerzas del Ejército para 1891.

Los conflictos ya alcanzan tonos de abierta provocación. En un banquete realizado en la Quinta Normal, en el homenaje anual a la batalla de Tacna (26 de mayo de 1880), los discursos entre militares de tendencias opuestas terminaron a puñetazos, en una increíble y violenta riña en que generales proclives al Gobierno y a la oposición mostraron el nivel a que se estaba llegando. En una manifestación organizada por el Gobierno en la Plaza Victoria de Valparaíso, y en el momento en que el ministro Adolfo Ibáñez se disponía a hablar, estalló una silbatina de pitazos impresionante y gritos de ¡muera! Cargó la caballería y fueron asaltados los locales oficiales, terminando los ministros huyendo por los tejados.
Era una crisis manifiesta y parecía que ya nada importaba.

Cada concentración se convertía en un ataque violento en contra de Balmaceda. Cuando el Congreso no aprueba la Ley de Presupuesto de la Nación, el presidente toma una arriesgada decisión. El 1 de enero de 1891 anuncia, mediante un decreto supremo, la vigencia para ese año de la ley aprobada para el anterior, fijando además las fuerzas de tierra y mar. La mayoría parlamentaria firma un acta de deposición del mandatario, colocándose ambos bandos al margen de la Constitución Política.

La Guerra Civil de 1891

Seis días más tarde, la Escuadra, comandada por el capitán de navío Jorge Montt, se subleva y se instala en Iquique. En este puerto se forma la Junta de Gobierno que organizará el ataque armado contra Balmaceda. Hasta allí llegan los partidarios del Congreso, que van a contar con todo el apoyo económico de las salitreras y el tiempo necesario para los preparativos bélicos.
La conmoción interna es tremenda. El ministerio encabezado por Domingo Godoy endurece la mano. Prohíbe el uso de la gran campana de incendios del Cuerpo de Bomberos, la “paila “, por temor a que sirva de señal a la revolución. Jóvenes que intentan volar un puente del ferrocarril cerca de Linares son detenidos y ejecutados. En Peñaflor, otro grupo es arrestado y encarcelado en la Penitenciaría. En Lo Cañas, un centenar de individuos que intenta crear una montonera armada contra el Gobierno son descubiertos y fusilados o muertos a sablazos y bayoneta, en un acto de absoluta e innecesaria barbarie.

Los hechos se suceden cada vez más velozmente. El 20 de agosto desembarca en Quintero la fuerza congresista. No teniendo a quién confiar el mando, Balmaceda asume como generalísimo, ordenando la defensa de Valparaíso.

Los generales Alcérreca y Barbosa, al mando de las fuerzas gobiernistas, estacionan sus efectivos en Concón para cerrar el paso a los rebeldes. El combate se inicia a las 7 de la mañana, con un duelo de artillería, hasta que las unidades rebeldes logran cruzar el río Aconcagua para cortar el camino a Viña del Mar.

Más de cuatro horas dura el combate de Concón, hasta que finalmente las tropas congresistas baten a los balmacedistas, los que huyen en desbandada hacia Quillota y Quilpué.
De los 8.000 combatientes del Gobierno, 2.200 quedan en el campo de batalla entre muertos y heridos, y más de 2.000 prisioneros pasan a engrosar las fuerzas congresistas, además de perder la totalidad de la artillería, bagaje y fusiles de reserva. Los congresistas cuentan unas 1.200 bajas entre muertos, heridos y desaparecidos.

El propio Balmaceda se dirige al frente de batalla para ponerse al mando de sus tropas, pero las líneas están cortadas y los trenes en manos de los revolucionarios. Debe regresar a Santiago.
En La Placilla aguarda el ejército balmacedistas, al mando de un general Barbosa destrozado por un ataque de diabetes y por la tensión de esas horas de definición total. Había logrado organizar una defensa con 9.500 soldados y 40 cañones. Los congresistas avanzan con 11.000 hombres por los senderos que comunican las casas de La Cadena con el camino a La Placilla. Durante horas, el duelo de artillería y las cargas de infantería de ambos bandos retumbaron en medio de los bosques, senderos y, quebradas del sector. Finalmente, el triunfo de los congresistas termina por desmoronar las líneas de defensa. Alcérreca es atravesado a bayonetazos. Barbosa muere en la línea de defensa final, partido en dos por el sablazo de un sargento. Valparaíso es dominado por los victoriosos soldados de Del Canto, Kórner y la Junta de Iquique.
La noticia llega como un rayo a la capital.

Balmaceda celebraba junto a algunos invitados el cumpleaños de su esposa, Emilia Toro, saliendo a cada instante a recibir informaciones que le transmitían por telégrafo. Finalmente, lee el telegrama con la noticia de las muertes de Alcérreca y Barbosa y el desastre de su ejército.

Esa dramática noche entrega el mando de la nación al general Manuel Baquedano. Y mientras “la paila” -la campana de bronce de los bomberos- anuncia el triunfo de la revolución, Balmaceda deja a su familia en la Embajada de Estados Unidos y él se dirige a la Legación Argentina, aceptando el asilo ofrecido. Al cumplirse el último día de su período como gobernante, Balmaceda se suicida.

Manuel Baquedano González (1891)

En la mañana del 29 de agosto las calles de Santiago se convierten en una tierra de nadie, como lo fuera Valparaíso el día anterior, con saqueos y humillaciones en las casas de los balmacedistas. Los patios y dependencias de la Moneda tampoco escapan a esta ola de violenta revancha.Tres días duró el Gobierno interino de Manuel Baquedano, concluyendo en el instante en que se hacen presentes en la capital el presidente de la Junta de Gobierno de Iquique, capitán de navío Jorge Montt, sus principales integrantes y jefes militares.
Era el triunfo de una burguesía que gastaba los saldos de la riqueza salitrera. Y era el inicio de la belle époque criolla.