La caída de Ibáñez.

En 1931 la crisis económica mundial tiene una importante víctima: el general Carlos Ibáñez del Campo. El Presidente de Chile debió renunciar en medio de grandes protestas ciudadanas.


La crisis económica originada en Estados Unidos cerró los mercados compradores de cobre y salitre. A esto se sumó la mala manera de manejar la crisis hecha por el Presidente Ibáñez; que en un principio la ocultó a la opinión pública, absorviendo con endeudamiento las pérdidas de los primeros meses de crisis.

Los medios de prensa actuaban con demasiada cautela, después de todo decir la verdad y encontrarle algo malo a un muy poderoso gobernante, como lo era el General Carlos Ibáñez del Campo, no dejaba de ser riesgoso. A mediados de 1930 ya no se pudo tapar más la crisis, desencadenándose primero la difusión de la gravedad del problema, y segundo las responsabilidades que tenía el Presidente. La información llegaba a la comunidad en base a pequeños escritos, fáciles de leer, y que no entraban en detalles. La distribución era hecha por universitarios, los cuales fueron reprimidos por los Carabineros, generándose choques callejeros. Los universitarios paralizaron sus actividades. El gobierno sintiéndose inseguro ordenó el cierre de la Universidad de Chile,  y confiscó sus imprentas.

Los opositores se organizaron en Concepción, intentando lograr el apoyo de los soldados de la zona. El plan era que se les unieran fuerzas en diversas ciudades, tales como Cauquenes e Iquique. Luego de la sublevación, sacado Ibáñez del poder, se harían elecciones con un solo candidato. El plan estaba orquestado desde Buenos Aires, donde se encontraban los políticos chilenos exiliados por Ibáñez. Volaron en un avión comprado por un amigo de Arturo Alessandri, que fue conocido como el “avión rojo”. Llegaron a Concepción el 21 de septiembre de 1930. Los soldados estaban desmovilizados luego de fiestas patrias, y el complot fracasó completamente. Los conspiradores fueron enviados a Isla de Pascua, en calidad de prisioneros. Desde ahí lograron escapar a Tahiti en un barco contratado por Arturo Alessandri.

En 1931 la oposición tomó más fuerza aun. La cesantía llegaba a un 12%, y la mayoría de ellos eran mineros. Aparecen en las ciudades las “ollas comunes”, en que varias familias compartían las preparaciones de alimentos. Entre las personas de mayores recursos el pánico cundió, yendo al Banco Central a convertir sus billetes en oro, hasta que muy tardíamente esto fue prohibido. Con el gobierno sin reservas, ninguna esperanza tenían las personas frente a remates por bienes raíces hipotecados, y por empresas paralizadas.

La gente menos culta no creía que la crisis era un asunto original de un país lejano, la gente culpaba al gobierno de Carlos Ibáñez.  Veían, ahora, un gobierno que gastó demasiado en obras públicas y fuerzas de orden. Precisamente con estas, Carabineros de Chile, impuso en 1931 un régimen con garantías constitucionales suspendidas. Se rumoreaba incluso que hubo un atentado contra la vida del Presidente. Ya sin salida integra Ibáñez a opositores moderados a su gobierno. Se trata de Esteban Montero, quien propone volver a las libertades constitucionales, y Pedro Blanquier, que propone eliminar el gigantesco aparato burocrático que todo lo controlaba.  Renuncian por estar en desacuerdo con el Presidente, lo cual desencadena una violenta jornada de protestas. Hubo barricadas y quema de vehículos. Paralizaron los médicos y los profesores.  Ibáñez decidió no enviar al ejército a reprimirlo todo, pues temió una división que sería perjudicial para todos.

Carlos Ibáñez el  25 de julio de 1931 presenta un permiso para abandonar el país, emprendiendo por ferrocarril un largo viaje hasta Buenos Aires, Argentina. En Santiago fue rechazado su permiso para abandonar el país, por lo tanto, al salir sin autorización, fue destituido de su cargo de Presidente.