La Cultura San Pedro

Las comunidades Tilolacar mientras se desarrollaron en los oasis mantuvieron una población relativamente pequeña, debido a que estos contaban con escasas provisiones de agua. No obstante, en los oasis de mayor tamaño como San Pedro de Atacama, Chiuchiu y Toconao, que contaban con más disponibilidad de recursos hídricos, la posibilidad de desarrollar una agricultura de mayor escala, permitió el aumento sostenido de la población y el surgimiento de aldeas más numerosas que originaron la denominada cultura San Pedro.


La primera etapa de la cultura San Pedro, que ha sido identificada por los arqueólogos entre los años 400 y 100 a. de C., se conoce con el nombre de Toconao porque en este el interior de este oasis se han hallado las evidencias más antiguas de esta cultura; en particular, una serie de ofrendas encontradas en un complejo funerario. La etapa Toconao se caracteriza por la presencia de una industria cerámica que desarrolló varios elementos: grandes vasijas pulidas rojas y negras; vasos, urnas y botellas con diseños antropomórficos, entre otros. Sin embargo, la principal manifestación de la etapa Toconao se dio en el llamado ayllu o parcialidad de Tulór, que llegó a comprender una densa aglomeración de viviendas de planta circular con muros de barro, los que estaban conectados por una red de pasillos y patios.

La segunda etapa de la cultura San Pedro es conocida como Séquitor y se extiende entre el año 100 a. de C. y el 400 d. de C. Esta se caracteriza por la existencia de una serie de aldeas similares a la hallada en Tulór, las que estaban situadas en Coyo, Béter y otros ayllus de San Pedro de Atacama. Estas comunidades basaban su subsistencia en la práctica de una agricultura de pequeña escala que producía calabazas, zapallos, ajíes, porotos y maíz; estos grupos no lograron desarrollar la tecnología suficiente para emplazar obras hidráulicas para aprovechas el escaso líquido de la región, lo que los obligó a establecer sus aldeas en las cercanías del salar. Esta situación era reforzada para evitar la evaporación que las altas temperaturas provocaban en los cursos de agua que salían de la laguna del salar.

De la misma manera que sus antecesores Tilolacar, las comunidades Séquitor desarrollaron una compleja industria artesanal y confeccionaron piezas de cerámica que comprendían vasos, vasijas de forma alargada, todas de color gris o rojo; los hombres Séquitor, además, elaboraron pipas de cerámica en las que acostumbraban fumar algunas hierbas silvestres. No obstante, el rasgo más particular de las comunidades Séquitor es el consumo de sustancias alucinógenas mediante la inhalación de polvos psicoactivos, que obtenían de las semillas de un árbol conocido como cebil; para esta práctica, los Séquitor fabricaron tubos inhaladores, tabletas y otros instrumentos a base de madera que tallaban prolijamente. El consumo de cebil fue tan extendido en esta parte del Norte Grande, que algunos autores han llegado a plantear el concepto de “la ruta del cebil” para referirse a los territorios que los traficantes de esta semilla recorrían desde el noroeste argentino hasta las aldeas agroalfareras del Salar de Atacama.

El hallazgo de puntas de flechas triangulares en los abrigos rocosos de campamentos Séquitor emplazados en el Alto Loa, señala que estos pobladores nortinos complementaban su incipiente economía agrícola con la caza de camélidos salvajes de altura y el pastoreo de pequeños animales domesticados en las quebradas de la puna altiplánica. Por otro lado, la existencia de cementerios de rasgos Séquitor en el noroeste de Argentina, confirman que la búsqueda de nuevos recursos económicos llevó a estos grupos a entablar una serie de complejas relaciones de intercambio cultural con pueblos de toda la zona sur de los Andes.

Una de las principales manifestaciones de esta interacción cultural que acabamos de señalar, lo constituían las caravanas de traficantes de llamas; los arqueólogos han hallado rastros de estas caravanas y sus pertrechos en las cercanías de Calama, y en ellos han encontrado restos de lo que parecen ser grandes bolsas de cuero y canastos, los que eran llenados con plumas de aves tropicales, conchas de moluscos marinos, quínoa, papas altiplánicas y hortalizas de los oasis en los que estaban los asentamientos de la cultura San Pedro.

Otra muestra de la interacción entre las comunidades agroalfareras del Norte Grande, se puede encontrar en el poblado de Caserones, situado en la quebrada de Tarapacá. La aldea de Caserones, que se estima llegó a albergar a 500 personas, se compone de una serie de edificaciones de planta rectangular, las que estaban circundadas por un muro defensivo; en las afueras de esta murallas, los habitantes de Caserones desarrollaban una agricultura basada en el maíz y la quínoa, y recolectaban los frutos del tamarugal y de los algarrobos, la que complementaban con la cría de llamas y la caza de animales salvajes. Los aldeanos de Caserones armaban caravanas que se dirigían hacia el Salar de Atacama, además del altiplano boliviano y varios puntas intermedios entre la puna y la costa.