La vida en las salitreras.

Las salitreras eran un verdadera ciudad en que todos trabajaban para lograr un solo objetivo: transformar el caliche en salitre, y generar así grandes riquezas.


El lugar donde se instalaron las salitreras es el desierto de Atacama. Corresponde a lo que son las actuales regiones de Chile llamadas Tarapacá y Antofagasta.

Más de 200 oficinas salitreras llegaron a funcionar en su mejor época, alrededor del año 1900. El origen de sus trabajadores era la zona centro-sur de Chile, personas que eran “enganchadas” por un agente de las salitreras, prometiendo trabajo y vivienda. El sistema administrativo consistía en un Cantón que estaba bajo la administración de una empresa, con varios campamentos mineros que rodeaban a la oficina principal. En los campamentos los llamados “particulares” extraían el mineral de caliche, lo trasladaban a la “oficina”, donde se les compraba. Ingresaba el mineral a la industria donde era procesado, primero moliéndolo y luego llevado a grandes calderos llamados “cachuchos”. Se vertían cristalizándose en salitre y formándose un líquido llamado yodo. Este sistema se llamaba “Shanks” creado por  Santiago Humberston. Recién en 1920 se adquirió el sistema Guggenheim en que el aprovechamiento del caliche fue mucho mayor. Las necesidades de agua eran abastecidas desde el subsuelo del desierto, que en general poseía “napas” o depósitos subterráneos. Donde esa facilidad no existía, el agua era llevada por ferrocarril. Los desechos humanos no eran vertidos a través de alcantarillado, si no que recolectados en carros.

Las salitreras eran ciudades en que todos los edificios pertenecían a la empresa. La “oficina” estaba dividida en sectores de acuerdo a las funciones que se cumplían dentro de ella. Los empleados a su vez estaban segregados entre solteros y casados. Al centro se encontraba la plaza, en la cual árboles y un escenario la convertían en un grato paseo. Una entretención eran los bailes que ocasionalmente se realizaban. La vestimenta, tal cual lo exigía la “etiqueta” de la época, debía ser formal, y la cortesía con las damas era esencial. Junto a la plaza estaba el teatro y el centro de abastecimiento, que se le denominaba “pulpería”. El comercio estaba monopolizado por la misma empresa salitrera. En el siglo XX, como parte del desarrollo del país, se establecieron escuelas en cada salitrera. Algunas salitreras contaron con piscina, que tenía segmentado los horarios de uso de acuerdo al cargo que se ocupaba dentro de la empresa. Aunque todos podían usarla, nunca se topaban el gerente con los obreros. A todos quienes trabajaban en las salitreras se les dice “Pampinos”, derivado de Pampa del Tamarugal, que es el nombre que toma el desierto de Atacama en la zona cercana a Iquique, y que a su vez corresponde a la antigua existencia de árboles llamados tamarugos.

Una forma de evitar la existencia de un comercio paralelo a lo que empresa permitía fue el pagar a los empleados salitreros en fichas, que solo podían ser utilizadas en la “pulpería” de la oficina. Esto significaba además que no existía capacidad de ahorro, y una completa dependencia de la empresa.

Las salitreras fueron testigos de las primeras protestas obreras en Chile. Con un fuerte sello comunista las demandas muy temidas por las autoridades de la época, hoy en día nos suenan plenamente razonables:  por ejemplo en 1921 se exigía aumento de salarios conforme al alza del costo de la vida; mejoramiento de las condiciones inseguridad en el  trabajo (por ejemplo una reja sobre los calderos); nacionalización de las oficinas salitreras; cambio de algunas autoridades gubernamentales con un comportamiento anti-trabajadores y término del maltrato contra los obreros. Cabe recordar que en ese tiempo no existían las vacaciones anuales, ni las jubilaciones, ni las licencias médicas.

Desde 1920 se comenzó un cierre sostenido de salitreras, debido a la competencia del salitre sintético. El golpe final fue la crisis económica mundial de 1929, en que se cerró el mercado comprador de Estados Unidos. Las salitreras se convirtieron en pueblos fantasmas. Sus trabajadores además de quedarse sin trabajo, perdían su vivienda y toda su historia, quedando alejados del cementerio donde estaban enterrados sus familiares. Cuando se cerraba una salitrera quedaban allí las mascotas, que a los pocos días se morían de sed.

Actualmente sólo queda una salitrera funcionando. Está en la región de Antofagasta y se llama María Elena.