Los Impuestos y las Finanzas Coloniales

Durante los primeros años de la Conquista los tributos que se cobraron fueron relativamente pocos, en particular para fomentar el poblamiento del territorio.


Entre los tributos o impuestos que se los súbditos de la Corona española debían pagar estaba el diezmo; un tributo de corte eclesiástico con el que se financiaban los gastos del culto y afectaba a la décima parte de la producción agropecuaria. Otro impuesto era el quinto real, que correspondía a la quinta parte de la producción de oro; sin embargo, en la etapa periodo inicial de este periodo, este tributo no se pagaba por completo sino que sólo una fracción de él.

A medida que los españoles consolidaban su presencia en Chile, se fueron aplicando una serie de impuestos como la alcabala y el almojarifazgo. La alcabala se debía cancelar cuando se realizaban transacciones comerciales; el almojarifazgo era un arancel aduanero. Otro tipo de tributos fue el que correspondía al papel sellado y que obligaba a que todos los trámites de carácter oficial fueran consignados en hojas de papel que llevaban estampado un sello y que poseían un valor determinado. La Corona española, además, aplicaba impuestos a los extranjeros que residían de forma ilegal en sus colonias. Aparte de los tributos sobre determinados eventos, el aparato administrativo colonial contaba con otras fuentes para recaudar recurso; una de ellas es la denominada bula de cruzada, y que consistía en una autorización para comer carne los días viernes, no obstante, era de carácter voluntario.

Así como la Corona aplicaba toda la serie de tributos que acabamos de describir, también existían prácticas para evitar el pago de las imposiciones; ello llevó a los oficiales reales encargados de cobrar el diezmo a denunciar frente al Cabildo de Santiago a algunos vecinos que mentían sobre sus propiedades para no pagar aquel tributo. Una situación similar ocurría con el pago del quinto real, puesto que a pesar de que la única fundición de oro autorizada era de propiedad del rey, existían varias fundiciones privadas ilegales; la consecuencia de esta práctica era la evasión del quinto real ya que el oro en polvo que circulaba lo hacía sin tributar.

Los encargados de recaudar los impuestos reales y de administrarlos eran los tres oficiales que la Corona disponía para ello: un tesorero, quién resguardaba el dinero recolectado; un contador, que tenía a su cargo las cuentas; y un factor, el que estaba encargado de realizar las transacciones reales, como por ejemplo la remuneración de los funcionarios de la Corona en territorio americano. La elección de los oficiales reales se realizaba mediante un complejo proceso que, entre varias cosas, obligaba a los postulantes a hacer una declaración de sus bienes y a efectuar un depósito como garantía de su probidad. Los tres oficiales actuaban siempre de forma conjunta y, de hecho, los cofres que contenían el dinero recaudado tenías tres llaves, es decir, una por cada funcionario; estos funcionarios eran regularmente sometidos a inspecciones en las que se contaba el dinero presente en los cofres.