Transformaciones Políticas y Sociales

A pesar de los variados adelantos materiales que los gobiernos parlamentarios implementaron en Chile gracias a la riqueza proveída por el salitre, las condiciones sociales que la mayor parte de la población chilena debía enfrentar eran precarias. Esta situación era percibida por amplios sectores de la sociedad chilena y, entre ellos, una serie de intelectuales plasmaron sus críticas en un conjunto de obras de corte político y social.


Entre los intelectuales que publicaron sus críticas al estado del país a comienzos de siglo podemos señalar a Alejandro Venegas, quién publicó su libro “Sinceridad. Chile Intimo en 1910”; a Francisco Antonio Encina, autor que se hizo conocido al escribir “Nuestra Inferioridad Económica”, obra en la que criticaba, entre otros, al sistema educacional chileno y su carencia de utilitarismo para la sociedad chilena; finalmente, podemos nombrar al doctor Nicolás Palacios, personaje que en el año 1904 publicó el conocido manifiesto “Raza Chilena”.

El efecto que estas publicaciones causaron en la opinión pública fue realzado con las acciones de políticos como Enrique Mac Iver, lo que se tradujo en el despertar de una conciencia nacional que reconocía la necesidad de implementar cambios estructurales en el orden político, social y económico para mejorar las condiciones de vida de la mayoría de los chilenos.

La aparición en la escena política de Arturo Alessandri aglutinó tras su figura a una gran cantidad de partidarios de realizar modificaciones severas en la sociedad chilena. Este personaje irrumpió en el ámbito político en el año 1915, al ganar la senaduría por la provincia de Tarapacá como candidato del Partido Liberal Democrático. Su gran capacidad oratoria y su hábil manejo político le permitieron convertirse en el caudillo de quienes aspiraban a llevar a Chile por el camino del progreso.

En este contexto, las elecciones presidenciales del año 1920 estuvieron marcadas por el llamado del candidato Alessandri a realizar una reforma al texto constitucional de 1833, con la intención de adaptarlos a los cambios históricos que experimentan las sociedades humanas. Durante su campaña presidencial, Arturo Alessandri colocaba especial énfasis en las materias de carácter social, las que para la época habían pasado a formar parte de la mayoría de los programas de los partidos políticos chilenos. Otro aspecto que sobresalía en el discurso de Alessandri, era su inclinación a separar a la Iglesia del Estado con la finalidad de laicizar a las instituciones gubernamentales.

Las propuestas de Alessandri no se limitaron a las ya señaladas, sino que abarcaron variados ámbitos, como por ejemplo una reforma tributaria mediante la creación de un impuesto a la renta; la descentralización administrativa de las dependencias estatales; una serie de mejoras en la situación legal de las mujeres; y como corolario, proponía la búsqueda de una solución definitiva al problema de Tacna y Arica.

El resultado de las elecciones del año 1920 fue estrecho y Alessandri desplazó de la Presidencia a su rival, Luís Barros Borgoño, por sólo una diferencia de 2 votos. Es preciso destacar que gran parte del apoyo que concitó la candidatura de Alessandri provino de amplios sectores de la sociedad, entre los que se distinguieron los estudiantes universitarios.

A pesar de ganar la Presidencia con promesas de realizar modificaciones drásticas a la realidad nacional, Alessandri una vez en La Moneda se encontró con los mismos obstáculos que hallaron sus antecesores: el excesivo protagonismo del Congreso. Las rotativas ministeriales, los votos de censura y las huelgas obreras fueron una constante durante sus primeros años de gobierno. Por tanto, las tan ansiadas reformas constitucionales que constituían el núcleo de su discurso corrían el riesgo de nunca ser llevadas a la práctica.

La situación política descrita varió bruscamente el año 1924 gracias a la intervención de un grupo de oficiales del Ejército, entre los que se encontraba el otro gran caudillo chileno del siglo XX: Carlos Ibáñez del Campo.

La irrupción de los militares fue motivada por el retraso con que el Congreso trató una serie de proyectos de ley con carácter social enviados por la administración Alessandri; de hecho, diputaos y senadores optaron por discutir un aumento en la dieta parlamentaria en desmedro de las iniciativas propuestas por el gobierno.

La postergación de las leyes sociales de Alessandri generó como respuesta de parte de los militares una manifestación conocida como el “ruido de sables”, pues en una visita que realizaron al Congreso hicieron sonar ruidosamente sus sables como medio de presión contra los parlamentarios. Como consecuencia de la irrupción militar y por el temor a un golpe de estado, en sólo una sesión legislativa se despacharon siete leyes de gran relevancia para mejorar las condiciones sociales del país; entre las leyes que se aprobaron se incluían una serie de innovaciones en materia laboral, como por ejemplo:

  • la fijación de la jornada de trabajo en 8 horas;

  • la limitación del trabajo femenino e infantil;

  • la creación de la Inspección del Trabajo;

  • el establecimiento de un seguro obligatorio para cubrir los accidentes laborales y la indemnización de los mismos;

  • la instauración de los tribunales de conciliación y arbitraje;

  • y finalmente, se legislaba sobre las cooperativas y el sistema provisional.

Junto con manifestar su apoyo a las medidas de Alessandri a través del ruido de sus sables, los uniformados también conformaron un comité militar con el objeto de prestar soporte a la Presidencia. Sin embargo, la existencia de este comité se transformó en un escollo para el libre ejercicio del cargo de Alessandri, por lo que este último al percibir que los militares no poseían intención de disolver el comité, presentó su renuncia a la Presidencia en septiembre del año 1924. No obstante, el Congreso la rechazó y a cambio le concedió vacaciones por un periodo de 6 meses.

En la ausencia de Alessandri, los militares que encabezaron el movimiento contra el Congreso, conformaron una junta de gobierno el 11 de septiembre de 1924, y el mismo día en que asumieron el poder sacaron a la luz pública un manifiesto en el que explicaban las circunstancias que los llevaron a actuar de la forma que lo hicieron; además, daban a conocer los objetivos que se proponían de su administración. A continuación revisaremos los postulados que los militares mostraron a Chile el día en que formaron la junta de gobierno:

  • “Antes de exponer al país en forma definitiva nuestros propósitos, hemos querido que a nuestras palabras se anticiparan los hechos: repugna a nuestra honradez el viejo y desprestigiado sistema de prometer sin garantizar el cumplimiento.

  • La corrupción de la vida política de la República llevaba a nuestras instituciones a un abismo hacia el cual la propia carta fundamental empezaba a resbalar, empujada por intereses meramente personales.

  • Los elementos sanos se habían alejado de la acción pública por un tiempo tan dilatado, que sentían ya pesar como una culpa su abstención.

  • La miseria del pueblo, la especulación, la mala fe de los poderosos, la inestabilidad económica y la falta de esperanzas en una regeneración dentro del régimen existente, habían producido un fenómeno que irritaba las entrañas de las clases cuya lucha por la vida es más difícil.

  • Y de todo esto se alzaba la inminencia de una contienda civil.

  • Este movimiento ha sido fruto espontáneo de las circunstancias.

  • Su fin es abolir la política gangrenada; y su procedimiento, enérgico, es obra e cirugía y no de venganza y castigo.

  • Se trata de un movimiento sin bandera de sectas o partidos, dirigido igualmente contra todas las tiendas políticas que deprimieron la contienda pública y causaron nuestra corrupción orgánica

  • Ninguno de los bandos podrá arrogarse la inspiración de nuestros actos, ni deberá esperar para sí la cosecha de nuestro esfuerzo. No hemos asumido el poder para conservarlo.

  • No hemos alzado ni alzaremos un caudillo, porque nuestra obra deber ser de todos y para todos.

  • Mantendremos las libertades públicas, porque de su ejercicio nace toda creación, y porque bien sabemos que de ella arranca la más augusta de las conquistas: el reconocimiento de la soberanía popular.

  • De creación y no de reacción es el momento.

  • Nuestra finalidad es convocar a una libre Asamblea Constituyente, de la cual surja una nueva carta fundamental que corresponda a las aspiraciones nacionales.

  • Creada la nueva Constitución, ha de procederse a la elección de los poderes públicos, sobre registros hechos por inscripción amplia y libre.

  • Constituidos estos poderes, habrá terminado nuestra misión. Entre tanto, deseamos que se observe nuestra acción con mirada serena y dentro de una verdadera concepción de la política, y pedimos que a la obra patriótica e incansable que habrá de engendrar la nueva conciencia nacional, se agregue la cooperación robusta de las fuerzas vivas no contaminadas con la República.

  • Antes de adoptar una actitud hostil frente a este movimiento, téngase presente que lo más honrado y lógico es tratar- antes que nada- de comprender su significación y alcance.

  • Tengamos fe en la causa que defendemos, alejemos la suspicacias que disgregan y, unidos por el sano propósito de salvar a la República, trabajemos por devolver a nuestra patria el libre juego de sus instituciones fundamentales, nuevas y sanas”

Las mismas ideas presentes en el manifiesto de los militares de la junta de gobierno de 1924 se encuentran presentes en los textos del destacado poeta Vicente Huidobro, quién en su obra “Balance Patriótico” realiza una severa crítica a los políticos y a la sociedad nacional, la que fue publicada sólo una año después de la instauración de la junta. En su obra Huidobro precisa que nuestro país, a pesar de su juventud, se hallaba viejo y carcomido “lleno de tumores y de supuraciones de cáncer como un pueblo que hubiera vivido más de 2.000 años”; Huidobro, además, realzaba los urgentes problemas sociales que asolaban al país de esta manera: el sesenta por ciento de la raza, sifilítica. El noventa por ciento, heredo-alcohólicos; el resto, insulsos y miserables a fuerza de vivir entre la estupidez y las miserias. Como señalamos, la clase política tampoco escapo a sus comentarios y sus miembros fueron considerados por el poeta como “faltos de alma; siempre dando golpes a los lados, jamás apuntando el martillazo en medio del clavo; cuando se necesita una política realista y de acción, esos señores siguen nadando sobre las olas de sus verbosidades; por eso es que toda nuestra insignificancia se resuelve en una sola cosa: falta de alma”.

Las reformas constitucionales promovidas por los oficiales que encabezaron el ruido de sables en 1924, finalmente no llegaron a ser puestas en práctica y un nuevo grupo de militares en enero de 1925, esta vez de más alto rango y apoyados por un grupo de tradicionales e importantes políticos, dio forma a una nueva junta de gobierno que la primera medida que tomó fue pedir el retorno del presidente Alessandri, quién se hallaba de vacaciones en Italia.

Alessandri retornó a Chile con la intención de ser la figura que encabezaría las transformaciones constitucionales, y para aceptar ocupar su cargo otra vez solicitó a la clase política chilena dos garantías fundamentales: que los militares retomaran sus funciones normales, y que no se reabriera el Congreso. El cumplimiento de esta última condición resultaba de vital importancia para llevar a cabo las reformas, puesto que los miembros del poder Legislativo siempre habían sido un obstáculo para cambiar la carta fundamental de la nación.

Con la misión de estudiar las reformas a la Constitución de 1833 se conformó una comisión de carácter consultivo, en la que tomaron parte representantes de los partidos políticos tradicionales, además de intelectuales, militares y varios elementos de diversos sectores de la sociedad chilena; entre ellos se encontraban figuras como Domingo Amunateguí, Emilio Bello, Juan Enrique Concha, Agustín Edwards, Emiliano Figueroa, Guillermo Labarca, Eliodoro Yañez, Carlos Dávila y Conrado Ríos Gallardo.

En total, esta comisión estuvo formada por 120 miembros que se subdividieron en dos subcomisiones: una denomina “de forma” y otra “de reforma”. La primera tenía como propósito estudiar los mecanismos constitucionales para legitimar la nueva carta fundamental; y la segunda estaba encargada de preparar los contenidos de la futura Constitución de Chile.

Con el trabajo de las comisiones finalizado, el presidente Alessandri llamó a un referéndum con el fin de que la ciudadanía aprobara o rechazara el nuevo texto. En este plesbicito participaron 134.000 personas de las 296.000 inscritas en los registros electorales y que poseían derecho a sufragar. Del total de los votantes, el 43,03% aprobó la nueva Constitución, y solamente un 1,83% la rechazó. El resto de los electores que concurrieron a las urnas se abstuvieron o votaron por una tercera opción, la que incluía el mantenimiento del régimen parlamentario con leves modificaciones.

Con la aprobación ciudadana, la nueva Constitución Política de Chile fue promulgada en el mes de septiembre de 1925.