La armada invencible

En 1588 Felipe II de España intentó invadir Inglaterra enviando una poderosa fuerza naval. Su intensión, defender al catolicismo.


En 1584 Felipe II reinaba en Castilla y también en Flandes, donde existía una fuerza rebelde religiosa protestante, que era apoyada por Inglaterra. Con los planes de Alvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz; comenzó a reunir una poderosa armada, que sería capaz de vencer a los ingleses.

El 20 de mayo de 1588, desde Lisboa, en ese momento integrante del reino de España, zarpa la gigantesca flota naval, integrada por 65 buques de guerra, 25 cargueros, 32 barcos ligeros, 4 galeazas y más de 100 botes o embarcaciones menores. Viajan 12 mil marineros y 19 mil soldados.  Todos ellos debieron confesarse antes de partir, estableciéndose estrictas prohibiciones respecto a blasfemar durante el viaje. El tono religioso se explica en que para Felipe II ésta es una invasión por motivos religiosos, es para defender al catolicismo, frente a la amenaza protestante, en este caso Anglicana. A toda la flota la llamaron la “Felicísima Armada”.

El plan era sumar soldados en Dunkerque, embarcando a otros 27 mil hombres y desde ahí dirigirse a Inglaterra y llevar a cabo la invasión. No había más plan que ese. Felipe II no había reunido a sus expertos militares para planificar una empresa de conquista contra Inglaterra. No hizo las labores de inteligencia para saber con quien se enfrentaba, ni tenía datos concretos de cuan poderosa era la flota naval inglesa. En medio de todo, murió el Marqués de Santa Cruz, ideólogo de la invasión. Los ingleses, en cambio, no solo tenían una mejor artillería a bordo de sus naves, si no que además un mando especializado en asuntos navales.

El hacinamiento y el descontento de los soldados

En julio de 1588 la armada española ingresó al canal de la Mancha. Los ingleses, con un centenar de buques, comenzaron a hostigarla desde larga distancia, pero sin mayor éxito, pués cuando llegan a Calais el 6 de agosto los españoles apenas habían perdido dos buques de guerra. Pero el principal problema ya se hacía sentir en la flota española: el hacinamiento, soldados, mulas y caballos, provocaba una escasez de agua y una facilidad para la transmisión de enfermedades. En medio de la lenta navegación a muchos soldados se les hacía impensable desembarcar y luchar en una invasión.

El 8 de agosto de 1588 los ingleses lanzan “brulotes”, es decir barcas incendiándose, lo que obligó a un rápido movimiento de las naves españolas. En la confusión del apresuramiento muchas sufrieron daños por liberación de anclas, daños en timones y velámenes. La sobrecarga en que se encontraban solo complicó las cosas. Al día siguiente un intenso cañoneo inglés hundió cinco naves españolas y causó la muerte a unas 1500 personas.

El 9 de agosto de 1588 el viento y las corrientes marinas movieron a la flota españolas hacia las costas holandesas. Los soldados que se encontraban abordo estaban desesperados, pues nada podían hacer. Paulatinamente se fueron distanciando los barcos de transporte de soldados de los barcos de guerra.

El Comandante de la invasión, Don Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, Conde de Medina Sidonia, reunió a los capitanes de la flota, acordando que si el viento seguía en contra, regresarían a España sin combatir. Y efectivamente así se hizo el día 10 de agosto, retornando las 114 naves sobrevivientes. La flota estaba prácticamente sin reservas de agua dulce. Hubo que echar por la borda a mulas y caballos. Debido a que se usó una ruta no directa, pasando por el norte de Escocia, para evadir a los ingleses, hubo que navegar por zonas muy frías, lo cual fue causando estragos entre los tripulantes que no estaban preparados para ello.

Unos treinta barcos naufragaron frente a las costas de Irlanda durante una serie de tormentas. El resto de las naves se dispersó y cada una debió tomar la decisión más adecuada para sobrevivir. Algunas desembarcaron, convirtiéndose su tripulación en prisionera. Unos dos mil prisioneros españoles fueron muertos por los ingleses, para evitar que por su religión católica fuesen protegidos por los también católicos irlandeses.

El regreso a casa

Una a una fueron llegando entre septiembre y octubre de 1588 a las costas españolas las naves de la “armada invencible”, como sarcásticamente los ingleses la llamaron. No más de 80 lo lograron, y en muchos casos en condiciones tan deterioradas que tocando tierra hubo que desguazarlas. De los 31 mil hombres que participaron murieron unos 20 mil:

  • 1500 muertos en combate.
  • 8500 muertos en naufragios.
  • 2000 muertos asesinados en Irlanda.
  • 8000 muertos en la travesía de regreso.

Para Felipe II el desastre de la expedición no solo fue sentida en plano militar o naval, si no que también en lo religioso. Siendo un profundo creyente consideró que Dios no quiso el triunfo español, considerándolo un castigo por su altanería.