El Deporte en la Antigua Grecia

A diferencia de las culturas contemporáneas de los griegos, estos practicaron un desarrollado culto a la exaltación de la corporalidad, siendo el deporte una actividad de gran relevancia en el curso de sus labores cotidianas; de hecho, los griegos definen un lema fundamental: “mente sana en cuerpo sano”.


La consecuencia de esta inclinación fue la activa práctica y disciplinada de la gimnasia, con el fin de perfeccionar constantemente la condición del cuerpo; así desarrollaban la musculatura, la elasticidad y la resistencia y conseguían mantener un excelente estado de salud, que les permitía lograr una adecuada salud mental.

Al igual que en el caso de la religión, el deporte es otro elemento que aglutina bajo su impronta a las polis griegas y posee, también, la capacidad de ubicarse por encima de las tradicionales rivalidades, que las polis mantenían entre sí. Por otro lado, la práctica de los deportes obedecía a la celebración de las fiestas religiosas que se hacían en honor de los dioses; en cada peregrinación hacia un santuario, se desarrollaban competencias atléticas, como por ejemplo ocurría con los juegos ístmicos, que se celebraban en el Istmo de Corinto en tributo al dios Poseidón, o con los juegos píticos que se llevaban acabo con motivo de la peregrinación a Delfos. No obstante, la competencia más trascendental eran los Juegos Olímpicos, que desarrollaban en la ciudad de Olimpia.

Las especialidades más comunes eran las que componían el pentatlón: la lucha, la carrera, el salto, el lanzamiento del daro, y el lanzamiento de la jabalina. La primera de ellas, la lucha, consistía en el enfrentamiento entre una pareja de adversarios que se plantaban frente a frente, con la cabeza baja y los brazos extendidos, intentando cada uno coger al rival por los puños, el cuello, o por el centro del cuerpo para que este cayera al suelo; las parejas eran sorteadas al azar y cada lucha se desarrollaba en tres asaltos.

La carrera se practicaba en pruebas de diferentes longitudes, las que se calculaban en referencia al tamaño del estadio, pero que tenían un promedio de 180 metros de largo; la carrera más larga superaba los cuatro kilómetros de distancia y medía la resistencia de los competidores. Las carreras comenzaban con los competidores agrupados tras una línea de salida sostenida por un poste, y debían llegar a un poste ubicado en el otro extremo, en el caso de que la distancia de la carrera fuera del tamaño de la pista; cuando lo superaba, los competidores daban las vueltas al circuito necesarias para completar la distancia.

En la tercera competencia del pentatlón, el salto de longitud, los atletas debían realizar saltos de distancia con unos pesos o halteres, de piedra o de plomo para añadir dificultad a la prueba; estos halteres tenían un peso de unos cinco kilos aproximadamente.

El lanzamiento del disco, la cuarta prueba que se disputaba, consistía en arrojar a la mayor distancia posible unos discos que pesaban entre uno y cinco kilos. Esta prueba era sumamente compleja, pues exigía de los competidores que realizaran una serie de complicados movimientos corporales, los que debían estar cuidadosamente sincronizados. Esta especialidad, fue inmortalizada en la famosa estatua del escultor griego Mirón llamada “El Discóbolo”, fechada en el siglo V a. de C.

La quinta y última prueba del pentatlón era el lanzamiento de la jabalina. La jabalina era una antigua arma de guerra, que medía el mismo tamaño del lanzador y tenía el grosor de un dedo humano; sin embargo, en competencias de carácter deportivo no llevaba un extremo puntiagudo, sino que redondeado. En su centro de gravedad, la jabalina tenía una correa de unos cuarenta centímetros que se enrollaba alrededor de ella; de esta manera, los lanzadores podían introducir sus dedos índice y pulgar en la correa y así poder cogerla para lanzarla. La clave del lanzamiento de la jabalina estribaba en el movimiento de rotación que los lanzadores podía desarrollar, puesto que esta acción hacía posible que la fuerza del lanzamiento se multiplicara.

Como conclusión debemos señalar que los competidores que resultaban vencedores en las diversas especialidades eran premiados, principalmente, con estímulos morales: la ovación y el aplauso de los espectadores presentes en los estadios; además, los atletas eran condecorados con coronas de laurel y ganaban el derecho a tener una estatua en vida. En algunos casos, los atletas vencedores recibían una renta vitalicia por parte de los estados griegos; la razón de ello está en que los atletas que ganaban, generaban la simpatía de las divinidades para sus ciudades de origen.