La Religión en Persia

Los persas, al igual que sus contemporáneos, eran politeístas y sus divinidades estaban asociadas con los fenómenos de la naturaleza. Los dioses persas tenían funciones sociales, militares, económicas; además, daban forma a un código ético que consideraba conceptos abstractos como verdad y justicia.


Un personaje influyente dentro del sistema religioso persa fue el gran profeta Zoroastro, quién hacia el año 600. a. de C., predicó en el norte de Persia y con sus ideas provocó varios cambios en la cosmovisión persa.

Zoroastro predicaba que el hombre tenía la necesidad de actuar acorde a la justicia, diciendo siempre la verdad y evitar las mentiras. Zoroastro establecía un sistema religioso de carácter dual, basado en la lucha entre la Verdad (Arta) y la Mentira (Drug), valores y conceptos que, incluso, llegaron a ser personificados.

El desarrollo religioso de Persia, a partir de la irrupción de Zoroastro, se dividió entre quienes siguieron a este pensador, y quienes siguieron practicando las tradiciones religiosas politeístas y primitivas provenientes de las tribus arias.

En esta dualidad prevalecieron los seguidores de Zoroastro y su influencia llegó hasta los círculos de poder y se establecieron varios ritos religiosos. Uno de ellos era el sacrificio de animales y la adoración del fuego, al que consideraban la representación de la verdad.

Como señalamos, las enseñanzas de Zoroastro tenían un carácter dualista y sus dioses seguían esta lógica; por ello, los persas creían en dioses de carácter contrario como era el caso de Ozmard, el dios del bien y Ahriman, el dios del mal.

Debido a la influencia de Zoroastro y su dualismo, la cosmovisión persa planteaba que el mundo terrenal era el campo de batalla donde se enfrentaban el bien y el mal; por estas razones el deber de los hombres en la tierra era ponerse de parte de Ozmard, y contribuir a su triunfo mediante la realización de buenas acciones. Además, cada persa, según la tradición religiosa, poseía un ángel protector que le resguardaba del mal y que se preocupaba de la comisión de buenas acciones, ya que al momento de la muerte todos los hombres debían enfrentar un juicio final. En este juicio final sus acciones serían juzgadas, y dependiendo del resultado los persas se iban al cielo o al infierno.