El Lazarillo de Tormes

A continuación conocerás las principales características de El Lazarillo de Tormes.


Antecedentes generales

La edición más antigua del texto data del 1554 y si bien han existido diversas teorías en torno a su autor, no existe un consenso al respecto, por lo que se define como anónimo.

En términos de estructura El Lazarillo de Tormes está compuesto de siete tratados o secciones y su ordenación es anular, también denominada circular, en la medida que concluye con lo mismo que se inicia. Por otra parte, la narración se realiza de manera epistolar, ya que el texto es una extensa carta dirigida a “vuestra Merced” que escrita en primera persona evidencia su carácter autobiográfico.

En relación a su relevancia en la literatura renacentista, es considerada como la obra que inicia el subgénero de la novela picaresca. Este subgénero se caracteriza por relatar la historia del pícaro, un niño sin padres que debe vivir de forma itinerante al servicio de diversos amos. En este sentido, este tipo de textos también podrían clasificarse como novelas de formación, en tanto narran la historia de un personaje que vive un proceso de aprendizaje desde su infancia hasta la adultez.

Una característica particular de El Lazarillo de Tormes es el uso de la ironía como estrategia para calificar a la sociedad de la época, especialmente a los clérigos.

La trama

Este texto, como hemos mencionado, relata la historia de un niño huérfano que intenta sobrevivir vagando en el mundo y poniéndose al servicio de distintos amos, que por lo general lo golpean. En este caso el pícaro se llama Lázaro González Pérez y adquiere el “de Tormes” por haber sido encontrado en las orillas del río del mismo nombre. La narración abarca desde la infancia del sujeto hasta su matrimonio en la adultez. Revisemos una de las escenas más representativas de la obra:

“El ciego acostumbraba a poner cerca de sí un jarrillo de vino cuando comíamos, y yo muy de presto lo tomaba y le daba un par de besos callados y lo volvía a su lugar. Mas duróme poco que en los tragos conocía la falta, y por reservar su vino a salvo nunca desamparaba después el jarro, antes lo tenía por el asa asido. Mas no había piedra imán que así trajese a sí como yo con una paja larga de centeno, que para aquel menester tenía hecha, la cuál metiéndola en la boca del jarro chupando el vino lo dejaba a buenas noches. Mas como fuese el traidor tan astuto, pienso que me sintió, y en adelante mudó propósito, y asentaba su jarro entre las piernas, y tapábalo con la mano, y así bebía seguro.

Yo, cómo estaba hecho al vino, moría por él , y viendo que aquel remedio de la paja no me aprovechaba ni valía, acordé en el suelo del jarro hacerle una fuentecilla y agujero sutil, y delicadamente con una muy delgada tortilla de cera taparlo, y al tiempo de comer, fingiendo hacer frío, entrábame entre las piernas del triste ciego a calentarme en la pobrecilla lumbre que teníamos, y al calor de ella luego derretida la cera, por ser muy poca, comenzaba la fuentecilla a destilarme en la boca, la cual yo de tal manera ponía que maldita la gota se perdía. Cuando el pobreto iba a beber no hallaba nada (…) Tantas vueltas y tiento dio al jarro que halló la fuente y cayó en la burla, mas así lo disimuló como si no lo hubiera sentido”

En este relato que acontece entre Lázaro y uno de sus amos el ciego, podemos apreciar otra característica del pícaro: su astucia. Además de evidenciar la difícil relación que se da entre ambos sujetos y la situación de pobreza y hambre que los rodea. Tras esta travesura, Lázaro recibe un castigo cuando el ciego le deja caer el jarro sobre la cabeza y resulta malherido.