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El Comercio Colonial

Desde el año 1561 se estableció un sistema de flotas y galeones para desarrollar el comercio entre España y sus colonias americanas, cuyo centro de operaciones estaba ubicado en el puerto de Sevilla.

Desde allí las embarcaciones salían hacia América y al acercarse al continente se dividían en dos grupos: un grupo navegaba hacia los puertos de Cartagena (ubicado en la actual Colombia) y Portobello (en la actual Panamá); el otro grupo se dirigía hacia el puerto mexicano de Veracruz, el más importante de la costa del Atlántico, para luego enfilar su rumbo con dirección a La Habana (Cuba) y retomar el camino de vuelta a Europa.

De acuerdo a esta dinámica los comerciantes debían dirigirse hacia estos puertos para desarrollar sus actividades comerciales, situación que implicaba los comerciantes chilenos debían ser reprensados en ellos por sus similares peruanos, quienes posteriormente les enviaban las mercancías adquiridas a nombre de ellos. El efecto que perseguía este sistema era mantener el monopolio español sobre América, aunque en la práctica tuvo como consecuencia el encarecimiento de los productos importados debido a los altos gastos generados por el traslado y almacenaje de ellos.

Tanto los reyes Hasburgos como la dinastía borbónica (que se instaló en España en el siglo XVIII) mantuvieron el sistema de flotas y galeones y con ello aislaron al continente americano del resto de los mercados europeos; sin embargo, los nuevos reyes Borbones progresivamente comenzaron a liberalizar el comercio colonial y, en la primera mitad del siglo XVIII, el puerto de Sevilla perdió su exclusividad ya que se le permitió a Cádiz participar del mercado americano.

En el año 1748 se instauró el sistema de navíos de registro, denominado así porque las embarcaciones que se dirigían a América eran registradas antes de zarpar con la intención de evitar el contrabando. En 1756, las naves españolas fueron autorizadas para salir desde cualquier puerto español, y en 1778 se decretó la libertad de comercio entre los puertos coloniales y los españoles, lo que le permitió a Valparaíso y a Concepción ser parte de las nuevas rutas comerciales abiertas por la dinastía borbónica. Es preciso señalar que el comercio extranjero (particularmente con los otros estados europeos, en especial Inglaterra) estaba proscrito, lo que aumentaba considerablemente el contrabando; y de hecho, a causa de las mercancías legales y las ilegales, los mercados americanos se saturaban provocando un descenso en los precios y en las recaudaciones aduaneras.