Isla de Pascua: los Ahu y los Moai

Cuando en 1722 navegantes holandeses descubrieron para los ojos del mundo occidental Rapanui y la llamaron Isla de Pascua, una de las cosas que más asombro les produjo fue la gran presencia de gigantescas esculturas de piedra con forma humana, que los nativos denominaban moais.


Estas esculturas no tienen parangón en el resto de las sociedades polinésicas, y a pesar de que estas desarrollaron enormes esculturas inspiradas en sus antepasados sobre madera, por lo que constituyen un tema de gran interés en la comunidad científica. No obstante, los moai no fueron la manifestación exclusiva del arte megalítico pascuense, ya que en la isla se hallan también restos de enormes centro ceremoniales conocidos como ahu, alrededor de los cuales el pueblo rapanui desarrollaba todos sus rituales religiosos.

Algunos autores sostienen que la explicación a esta particular característica del pueblo rapanui obedece a la interacción entre la arraigada costumbre polinésica del culto a los antepasados y la lucha entre los diferentes linajes por la hegemonía política de la isla.

Las primeras construcciones religiosas que los pascuenses erigieron fueron los ahu o centros ceremoniales; estos eran de trascendental importancia en la vida cotidiana de los habitantes de la isla, ya que como hemos dicho más arriba, en ellos se realizaban los ritos religiosos más importantes del ciclo vital rapanui, como por ejemplo los ritos de iniciación, funerales, asambleas, fiestas religiosas, etc.

Los arqueólogos creen que los ahu son construcciones que manifiestan la influencia directa de las plataformas ceremoniales de las sociedades polinésicas conocidas como marae. No obstante, en la Isla de Pascua estos centros ceremoniales adquieren dimensiones mucho mayores y contienen, además, a los gigantescos moais.

Los ahu consistían en plataformas inclinadas frontalmente, las que estaban pavimentadas con piedras planas y redondas y que en sus extremos contaban con paredes de bloques de lava volcánica; estas plataformas se emplazaban frente al mar y constituían el comienzo del territorio de cada linaje. Por lo general, los ahu estaban construidos en posiciones determinadas por los fenómenos astronómicos como los solsticios y los equinoccios, además de la salida y puesta del sol.

Se cree que los ahu empezaron a ser construidos desde los primeros tiempos de ocupación de la isla, pero se reconoce como el periodo más fecundo al que comprende entre los años 800 y 1.200 d. de C., y que ha sido denominado por los arqueólogos como Fase Expansiva. En la etapa precedente, conocida como Fase de Asentamiento y que se extiende desde que la isla fue poblada hasta el siglo VIII, se levantaron los primeros ahu hacia el año 700; los más antiguos son los ahu de Vinapu y Tahai.

El centro ceremonial más grande e imponente pertenece a la Fase Expansiva y es el ahu Tongariki, el cual alcanza una longitud de 160 metros entre el largo que comprenden su plataforma y sus paredes laterales; sobre este ahu se llegaron a erigir 15 moais y sus gigantescos sombreros, los cuales hacia 1860 y en plena Fase Decadente, fueron derribados a medida que los ahu comenzaron a ser destruidos como consecuencia de la crisis en que estaba sumida la sociedad rapanui.

Una de las principales causas de la sorpresa de los primeros occidentales que arribaron a Rapanui fue la presencia de enormes estatuas de piedra con forma humana, las que estaban ubicadas en las gigantescas plataformas que componían los ahu. Aunque en el siglo XVIII ya eran conocidas las características formas del arte religioso polinésico, a los occidentales aún les provocan gran curiosidad los imponentes moai que se hallan distribuidos alrededor de la isla; el factor que más asombro produce es la gran dimensión de las efigies y el material con que fueron construidas: basalto vesicular, traquita y escoria roja, todas ellas propiciadas por la composición volcánica de la isla.

Como hemos mencionado, los moai estaban emplazados en los ahu con sus ojos mirando hacia el interior de la isla; de esta forma, representaban los espíritus de los ancestros que protegían los territorios de los linajes. Esta tradición se enmarca dentro de las prácticas religiosas de las culturas polinésicas, las que solían divinizar a los antepasados. La característica más relevante de los moai es su gran tamaño, ya que en Isla de Pascua se pueden encontrar diversas estatuas con un promedio de cuatro metros de altura; la excepción la constituye el moai Paro ubicado en el ahu Te Pito Kura, el cual mide casi 11 metros de alto.

Debido a su gran tamaño los moai eran esculpidos directamente sobre la roca volcánica, lo que implicaba un gran despliegue humano para realizar su traslado desde las canteras de roca volcánica hasta los ahu, situados en los bordes de la isla. Esta afirmación es sostenida por el hecho de que en el cráter del Rano Raraku quedaron a medio construir más de 70 moais, que fueron abandonados en medio de la crisis política y demográfica que asoló a la sociedad pascuense en las cercanías de establecer contacto con la civilización occidental.

El proceso de construcción de un moai comenzaba con la fabricación de herramientas de basalto como cinceles y azuelas, las que se usaban para esculpir directamente sobre los bloques de roca volcánica la estructura principal de las estatuas. Una vez terminada esta etapa, eran levantados y arrastrados hasta el pie del volcán para que artesanos especializados tallaran sus característicos ojos cerrados, las orejas con lóbulos alargados simulando el uso de pendientes; en su parte trasera, además, se les tallaban dibujos que representaban los tradicionales tatuajes que usaban los pascuenses. Desde este lugar los moai eran llevados hacia los ahu, en un proceso que requería la participación de grandes contingentes de mano de obra para cargarlos. Esta situación nos lleva a aseverar que la sociedad pascuense era sumamente disciplinada, puesto que se llegaron a levantar más de 600 moai, lo que revela la existencia de un aparato político capaz de movilizar a gran parte de la población.

Una vez que los moai eran ubicados sobre los ahu con la vista hacia la isla, el ariki comandaba un ritual que se desplegaba para que las estatuas adquirieran los poderes mágicos de los antepasados. En esta ceremonia, el jefe supremo de la isla aparecía ataviado con una larga capa tejida de mahute y coronado con un gran tocado de plumas blancas de gallina; en este ritual, los moai recibían sus particulares ojos blancos de coral blanco, y a algunos se les colocaban sombreros de escoria roja, como forma de representación del moño teñido que usualmente llevaban los arikis, para recordar la condición divina de las estatuas.