La Religión en la Antigua Grecia

A pesar de las diversas rivalidades que caracterizaron la evolución histórica de las polis griegas, en los aspectos religiosos y espiritual mantuvieron una unidad que permitió al territorio griego disfrutar de una relativa cohesión cultural.


Las primeras manifestaciones de la religión helénica se dieron en tiempos de la Grecia Homérica y su rasgo más relevante es el antropomorfismo de sus divinidades; esto quiere decir que los griegos representaban a sus dioses en forma humana e incluso les adjudicaban las mismas virtudes y los mismos defectos que poseemos los seres humanos. Sin embargo, debemos señalar que en los inicios de la civilización griega, los primeros pobladores del extremo sur de la Península de los Balcanes, practicaron cultos religiosos que divinizaron a los fenómenos naturales como la lluvia, el fuego, el rayo, etc.

Según la tradición, los dioses griegos vivían en una especie de ciudad celestial situada en el Monte Olimpo; en este lugar, que estaba organizado de forma jerárquica, la máxima autoridad era el dios supremo Zeus (dios del orden y la justicia), quién era secundado por Poseidón, el dios de los mares, y Hades, el dios de los muertos y de los infiernos. En el Monte Olimpo, los griegos creían que los dioses se reunían a degustar un néctar mágico denominado ambrosía, el que los hacía ser inmortales y les prodigaba una apariencia eternamente juvenil.

Los griegos suponían que Zeus evaluaba la conducta de los hombres en términos morales, por lo que se dirigían a él para solicitar éxito, bienestar y prosperidad. A su vez, la esposa de Zeus, la diosa Hera estaba considerada la divinidad protectora de la familia y las madres; los hijos de esta pareja de dioses eran Ares, el dios de la guerra, y Atenea, la diosa de la sabiduría y la guerra. Un tercer hijo de Zeus y Hera fue el dios Apolo, dios de la belleza, de la música, la luz, la poseía y la sabiduría, quién era la divinidad que más culto recibió en toda Grecia; ello, en gran parte, porque según la costumbre, su adoración permitía que el oráculo respondiera con exactitud las preguntas de los hombres. Otros dioses fueron Artemisa, la diosa de la campiña y de la cacería; Afrodita, que era considerada la diosa del amor; Dionisio, el dios del patronal y del vino; Deméter, la diosa de la agricultura y las cosechas; Hermes, el dios del comercio y las vías de comunicación.

En el sistema religioso de los griegos también existieron personajes considerados semidioses, ya que eran fruto de la relación entre algunos dioses y mujeres humanas, algunos ejemplos de ellos son: Teseo, el héroe micénico; Hércules, el dios de la fuerza física; o Aquiles, al que relacionaban con el coraje en los asuntos militares. Uno de los semidioses más importantes era Teseo, el líder aqueo que condujo la rebelión continental contra la talasocracia que había impuesto Creta. En particular, las aventuras de Teseo forman parte de la leyenda mitológica del minotauro y del laberinto del rey cretense Minos, la que se utilizaba para simbolizar el dominio que ejercía Creta sobre el continente, y el consecuente levantamiento que protagonizaron las polis micénicas, que finalmente terminó con la civilización minoica. Lo anterior nos indica que los griegos representaban los diversos acontecimientos políticos y sociales a través de una gran cantidad de relatos fantásticos que los explicaban. Como dato anexo, podemos decir que la mayoría de estos mitos están incluidos en las poesías épicas de “La Iliada” y “La Odisea”.

El llamado Panteón helénico era vasto y estaba compuesto por una multitud de integrantes, además de los dioses mayores y los semidioses. Entre ellos podemos contar a las ninfas, los sátiros o las musas; estás últimas son sólo siete y corresponden a las bellas artes, como por ejemplo Terpsícore, la musa del teatro; Talía, la musa de la danza; o Clío, la musa de la historia.

Aunque la principal línea de cultos que en la antigua Grecia se practicaban estaban referidos a los dioses que habitaban el Monte Olimpo, también existían unas prácticas rituales que se conocían como dionisíacas por estar relacionadas con la adoración, en particular, a Dionisio; en ellas se celebraban ceremonias mágicas y ritos como el de Orfeo.

Como señalamos en un comienzo, el vínculo religioso entre las polis griegas es más fuerte que las diferencias políticas y económicas que causaban frecuentes enfrentamientos entre ellas. Por ello, regularmente los griegos se congregaban en diversas celebraciones religiosas que llegaban, incluso, a establecer treguas en los conflictos armados; las más importantes eran las peregrinaciones a los santuarios de Delfos (consagrado a Apolo), Olimpia (dedicado a Zeus), y Corinto (en honor de Poseidón, dios de los mares).

La peregrinación hacia Delfos era una conmemoración para el dios Apolo, que como indicamos más arriba, era la divinidad a la que más culto le rendían los griegos. Una vez en el templo, una pitonisa en representación de Apolo, procedía a responder las consultas que los peregrinos le formulaban por medio de la entrega de los denominados augurios, los cuales podríamos asemejar a la actual práctica del horóscopo y el zodíaco. En el caso de los templos consagrados a Apolo, los sacerdotes interpretaban los presagios que entregaba la pitonisa. Cabe decir que una Pitonisa es una persona a la cual los griegos le atribuían la capacidad de predecir el futuro.

La fiesta de la ciudad de Olimpia, que estaba emplazada en la zona norte de la Península del Peloponeso, estaba consagrada a Zeus, el dios más importante del Panteón griego; a esta celebración acudían ciudadanos griegos de las más diversas polis a presentar sus ofrendas. Durante esta conmemoración se realizaban los denominados Juegos Olímpicos u Olimpiadas; estas eran unas competencias de carácter deportivo, las que se llevaban a cabo cada cuatro años, y en las que sólo podían participar hombres. La primera Olimpiada data del año 776 a. de C. La duración de estas competencias era de cinco días, y en el primer y el último día se desarrollaban rituales de adoración a Zeus, los que incluían sacrificios, procesiones y banquetes.

Los Juegos Olímpicos se practicaban en un estadio construido especialmente para ellos, el que medía casi 194 metros de largo, y poseía una forma elíptica enmarcada por graderías en sus costados que albergaban al público espectador. Las especialidades que practicaban los competidores incluían el pentatlón, el que consistía en cinco pruebas: el salto largo, la carrera de velocidad, el lanzamiento del disco, del dardo y la lucha. En las Olimpiadas, además, se realizaban las prestigiosas carreras de carros y caballos; estas últimas, se realizaban en otro recinto denominado hipódromo, el cual mantenía la figura elíptica. Los vencedores de las competencias eran ungidos con aceite y condecorados con una corona de laurel. Finalmente, es preciso volver a precisar que mientras se celebraban los Juegos Olímpicos, se interrumpían todas las acciones bélicas que se estuvieran desarrollando en Grecia; esta condición era fruto de una paz que las ligas helénicas aseguraban para no interferir con los tributos al dios Zeus.